Susphyria

¿Qué pasa si con un gemido eres capaz de tocar el cielo?

¿Qué pasa si con un suspiro ves el paraíso?

¿Qué pasa si con la combinación de ambos el infierno se hace realidad?

¿Qué pasa si el pecado más prohibido es el que todos realizamos?

Había cogido ese viaje a Bora Bora porque era un destino que llevaba queriendo visitar desde que tengo uso de razón, por eso cuando mi jefe me planteo una serie de destinos, ese sin duda fue el que elegí.

Me gusta mi trabajo, estoy casi siempre viajando y organizando eventos que si ahí, que si allá, y lo mejor de todo es que gano lo suficiente como para poder tener los lujos que todos sueñan con tener.

El avión salía temprano, así que me esperaban unas cuantas horas de camino, me cogí mi almohada de Luis Vuitton, mis zapatillas más cómodas, y por supuesto un chándal de franela, dioses, parecía la típica pija americana, pero me daba igual, quería estar perfecta y sobre todo cómoda.

Llegué a las 2 de la madrugada, mi cara no era precisamente lo que se dice perfecta, tenía sueño, y el tanga deportivo que me puse no me hacía ningún favor, sólo quería llegar al hotel y darme una ducha demasiado caliente. Al bajar del avión una brisa marina me envolvió y enseguida entre en calor, en qué momento decidí ponerme un chándal de franela, estaba maldiciendo mientras esperaba mi equipaje.

Lo había puesto como frágil, ya que, aunque viaje en primera clase las maletas no suelen ser tratadas muy bien, y sobre todo las que llevaba, era un regalo del director de Chanel por un evento que organice hace unos años, eran un diseño especial que además llevaba mi nombre. Sí, lo sé, demasiada «pijería», pero bueno, cada uno con sus placeres de la vida.

Recogí el equipaje, no tenía ningún rasguño, al menos alguien había aterrizado en perfecto estado, y salí en busca de mi chófer.

Había mucha gente llegando, me sorprendió puesto que Bora Bora no es un destino especialmente barato, estaba tan embobada mirando a las parejas recién casadas que no me di cuenta cuando una mujer demasiado llamativa me hacía señas con un cartel donde ponía mi nombre.

Me giré y ahí estaba, un poco alta pero no más que yo, llevaba un traje típico de allí a modo de uniforme y sostenía el cartel con mi nombre de una forma muy profesional. Ya podrían aprender de ella los parisinos, o incluso los italianos.

Me fui acercando a ella, y me fijé en que tenía una piel tostada que brillaba bajo la luz del aeropuerto, tenía una sonrisa tan blanca, y lo que más me llamó la atención fueron sus ojos, creo que jamás vi unos ojos así, siquiera a las modelos que me pasaba eligiendo para el desfile, eran grises ámbar, lo sé , suena ridículo tal combinación, pero es que eran así, es más, me quedé quieta mirando fijamente sus ojos, se movían como espirales, y sentí que me engullían.

-Buenas tardes, señora Smith, mi nombre es Adisha, y seré su chofer y guía durante la estancia. Si podemos irnos, por favor, le esperan en el hotel, ah y Bienvenida a Bora Bora.

Intenté balbucear algo, pero lo único que fui capaz de hacer es asentir. La seguí hasta el coche que estaba esperándonos en la puerta, aunque llamarlo coche sería un delito, era un coche como los que tienes en el golf, super lujoso eso sí, y un poco más grande. Me explicó Adisha que de esa manera los turistas pueden absorber la belleza sin perder ni un detalle, y efectivamente, estaba asombrada de la cantidad de color, olor y belleza que estaba intentando asimilar.

El camino fue corto, o eso creo, iba tan absorta mirando todo que no me di cuenta de cuando llegamos al hotel Four Seasons, como trabajaba en un evento para ellos, me habían ofrecido alojamiento ahí.

Eran las típicas casitas de paja situadas en medio del mar, me proporcionaron una suite con vistas a la montaña, y como no, una habitación tan exquisitamente decorada y simple que casi me desmallo, era tal cual quería reformar mi apartamento de París, pero claro, no tengo el mar.

Cené una deliciosa comida típica de allí, y después decidí retirarme para disfrutar de un baño sobre el mar y mirando las montañas.

Me prepararon el agua con rosas y leche de coco, y un té para dormir mejor, vamos, todo lo que se necesitaba para alcanzar el paraíso.

La luna esa noche era tan grande, tocaba el mar, tenía la música hipnótica típica de spas sonando, el olor a mar y naturaleza, que simplemente no pude evitar que una lagrima se cayera, era demasiado bonito.

Eran las 3 de la madrugada cuando de repente empecé a escuchar el sonido de unos tambores y unos cánticos. Me levanté y me puse mi bata blanca tan fina como para no darme calor, pero a la vez gruesa para que nadie me viera desnuda, y sí, dormía desnuda, y salí en busca del origen de todo el alboroto.

Caminaba descalza, puesto que aún no deshice la maleta para sacar mis chanclas, aunque caminar sobre el puente de madera improvisado no era nada desagradable, este me conducía hacia el bosque, hacía el corazón de la montaña.

Estaba tiritando un poco, puesto que de noche bajaban un poco las temperaturas, pero no estaba segura de sí por la breve brisa o porque me adentraba en el bosque. Los cánticos y los tambores que sonaban eran cada vez más intensos.

Estaba debatiendo si dar media vuelta y volver a la cama o si seguir, cuando de repente me encontré en medio del claro rodeada de encapuchados, todos llevaban una capa roja y no paraban de cantar, me recordaban a los cánticos gregorianos. 

Dirigí mi vista a cada uno de los presentes, pero nada, ningun movimiento o cambio, seguían cantando y los tambores eran más sonoros ahora, se estaban acercando.

-Esto….yo sólo estaba de paso.

Empecé a caminar para volver por donde vine cuando de repente dos de ellos me agarraron de los brazos y me levantaron en el aire. Estaba intentando zafarme, pero nada, así que desistí.

Me pusieron sobre una mesa, y me quitaron el albornoz, vaya, aquello parecía un ritual y yo iba a ser la víctima.

Suspiré y miré al cielo, ahora la luna estaba sobre mí, reflejando mi blancura y mis pezones endurecidos, ahora tenían un color rojizo. 

Volví a bajar la mirada y de repente las capuchas y las capas desaparecieron, quedando rostros de mujeres tan bellas que solté otro suspiro, y todas estaban desnudas. Puede que estuviese loca, pero sentí una descarga hacía mi entrepierna que me obligó a suspirar nuevamente.

Entre ellas divisé a mi chófer y guía Adisha, sus ojos no se apartaban de mí y estaba pronunciando unas palabras de ese cántico tan familiar para mis oídos. Tenía un cuerpo espectacular, unos pechos preciosos, y unas curvas de envidia, y que decir de su monte venus, por dios, era la encarnación del erotismo, vi pasar por ella todas las divas de Hollywood, las mujeres más bellas se quedaban en nada a su lado.

Me levanté, y sentí observada por todas mientras se acercaban a mí. No sabía que hacer, así que simplemente respiré, y esperé.

Seguían pronunciando el cántico cuando empezaron a pasar sus manos por mi cuerpo a modo de veneración. Me besaban el cuello, los pechos, mientras me succionaban los pezones con sus lenguas cálidas.

Madre mía, no podía parar de gemir, sentí mi culo mojado, en parte por las perlas de sudor que bajaban por mi columna, y en parte por el líquido vital que estaba derramando. Tenía un color azulado, y al parecer le llamó la atención a Adisha, porque me abrió las piernas y suavemente lamió cada rastro de él. Bajé la cabeza y la vi postrada entre mis rodillas, con sus hipnóticos ojos mirándome, mientras me introducía la lengua.

Solté un largo gemido y cerré los ojos, ese placer era demasiado intenso. Los volví a abrir y me encontré con una orgía. Por un lado veía a tres chicas donde una estaba de pie abierta de piernas con la cabeza de otra succionado su palpitante clítoris, mientras la tercera se frotaba contra el clítoris de otra, volví a girar la cabeza y vi a otras 4 chicas disfrutando del éxtasis, por lo visto les gustaba compartir, dos se encargaban de atender los pechos mientras otras dos lamían el fluido de las piernas, gemí solo por ver todo aquel espectáculo, centré la vista en Adisha que se levantó y me tumbo sobre la improvisada cama, me abrió las piernas y se situó en medio de ellas. Por un momento me asusté, pero enseguida sentí su propio líquido envolverse con el mío, sentí como se frotaba tan fuerte, pero tan sensual, que ni las mejores películas porno le podrían hacer competencia.

Tenía la espalda encorvada y con las manos trataba de separar los máximos sus labios para tener mejor acceso al frotamiento, sentí tantas oleadas y espasmos que nunca sentí, y que decir de esta experiencia.

Le agarré los pechos y la insté a que se moviera más rápido, entonces se puso de lado, y empezó a moverse más rápido, podía escuchar el líquido moverse y deslizarse por mi culo, podía sentir la luna mirarme, pero esta vez no era blanca, era roja intensa, como las capas que antes cubrían sus cuerpos. Tenía la sensación de estar en un infierno paradisíaco.

Cuando se movió nuevamente, pero esta vez trazando círculos sobre mi clítoris, sentí tocar el paraíso, cerré los ojos y solté un suspiro.

Cuando los volví a abrir estaba en el aeropuerto mirando a una chica con un cartel que decía mi nombre, que no paraba de gesticular.

– ¿Disculpé, decía algo?

-Sí señora Smith, le estaba diciendo que bienvenido a Bora Bora, mi nombre es Adisha, seré su guía y chófer durante el viaje.

La miré sin saber que decir, puesto que estaba tan absorbida por sus ojos color gris ámbar.

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