Serendipia

Serendipia, hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta.

Iba caminando por las famosas calles de París, disfrutando del ambiente ya casi navideño, aún estábamos en noviembre, pero ya se sabe cómo son estos tiempos modernos, la navidad empieza cuando lo deciden los negocios.

En el aire se podía respirar el aroma de croissants con café espresso, y también de crepes con Nutella, mmmm, iba embobada cruzando el río y mirando las ratas que cruzaban a toda velocidad.

Estaba tan sumida en aquel ambiente tan antiguo, era como si el tiempo se hubiese detenido en la mejor etapa de la famosa ciudad francesa, ni la edad media ni el realismo, el puro y simple romanticismo con toques barrocos. Podía definirse con una simple palabra, magnifiqué.

Había venido sola, y cuando ya había visitado lo más importante de día de aquella rocambolesca ciudad, decidí salir y adentrarme en un mundo totalmente paralelo, la oscura y misteriosa noche parisina.

Me había puesto un vestido plateado un poco corto pese a las bajas temperaturas, estaba muy apretado a mi cintura y marcaba mi trasero de una forma increíblemente sexy. Tenía la espalda al aire ya que el vestido se cernía a mi trasero dejando el resto de mi cuerpo libre a la vista de todo el mundo, era una noche de sorpresa. A todo eso le sumé unos tacones de aguja de Louboutin negros, y un largo abrigo negro que compré en una pequeña boutique de Armani.

Iba escandalosamente sexy, con maquillaje nocturno bastante sencillo, labios rojo burdeos y los ojos negros. 

Fui a ver el famoso cabaret, el Moulin Rouge. Era un edificio pequeño pese a la enorme fama que tiene. Entré y dejé mi abrigo al chico del ropero, me cogí una copa de champán que me ofreció un camarero y entré en el atestado salón.

Creo que la entrada vip que compré se quedaba corta con lo que veían mis ojos, un espectáculo con una sintonía corporal que me dejó clavada en el sitio. Había comprado una entrada para un espectáculo especial, pero nunca pensé que sería ver bailar un tango, pero a la manera antigua, y lo mejor de todo, había cinco parejas que eran pura poesía en el escenario.

Estuve un buen rato mirando hasta que sentí el roce de una mano, me giré rápidamente y me encontré con dos ojos de color ámbar mirándome fijamente mientras sujetaba con una mano una bandeja de copas de champán.

-Excusez-moi mademoiselle.

Yo le mire fijamente, presa de esos ojos que me recordaban al whisky que me tomaba después de un día de largo trabajo, al principio me quemaba la garganta, pero luego sentía ese subidón de adrenalina que me mareaba. 

Al ver que no contestaba y tampoco me apartaba, se movió él y desapareció entre el gentío. La música del famoso Tango Roxanne aun sonaba, y el espectáculo seguía en su pleno auge. Me di la vuelta y me encaminé hacía mi sitio.

No sé cuántas copas llevaba, pero de repente todo el ambiente cambio, era como si hubiera entrado en un lugar prohibido, a mi alrededor vi cuerpos jadear, besos prohibidos pero cargados de pasión, choques de cadera, en otras palabras, una orgía en toda regla. 

Cerré los ojos y me los froté, y los volvía a abrir, con la esperanza de que todo eso me lo hubiera soñado, pero no, ahí seguía esa orgía en pleno frenesí, incluidos los bailarines, había cuerpos por todos los lados.

Me levanté de mi sitio y caminé medio tambaleándome entre los cuerpos que disfrutaban de su fuego como si fuese algo clandestino.

El ambiente olía a whisky, a puro del caro, y lo mejor de todo, a sexo. Iba asombrada, mirando y capturando todos lo que mis ojos podían hasta que llegué a una pareja que me dejó clavada en el sitio, el camarero con los ojos color ámbar y un bailarín del escenario. Sentí como mis ojos se agrandaban, y como un fuerte torrente sanguínea subía y bajaba a la velocidad de la luz, dejando a su lado un deseo sexual casi ancestral. Verlos ahí a ambos besarse, tocarse en sitios latentes, hizo que un hilillo de puro deseo bajase por mis muslos, esquivando el fino tanga de hilo, y sumarse a esa atmósfera cargada de erotismo. 

Ellos me levantaron la vista, aún tocándose y me miraron. Yo estaba temblando, sudando y estaba más que excitada, estaba cachonda perdida. Me sonrieron y me hicieron ademán de que me acercase. 

Yo permanecí inmóvil, Dios, verlos ahí como disfrutaban de ese fruto prohibido hizo que tuviera ganas de arrancarme la ropa, y unirme a ellos, estaba totalmente mojada, y los pezones me dolían por el simple hecho de rozar la fina tela del vestido, querían unirse al festín y yo no se lo permitía. 

Al ver que no me movía, se acercaron despacio con sus cuerpos monumentales, puro músculo, pura fantasía erótica que desfilaba ante mis ojos. Estaba temblando, sentía que me iba a desmayar en cualquier momento de la sobredosis que sufría. 

Me empezaron a tocar, subiéndome despacio el vestido por los muslos, dejando al descubierto mis medias y el famoso tanga que estaba hecho un mar de sexo. El bailarín se arrodillo entre mis muslos y con una caricia tan sensual, lamió todo el líquido que bajaba por mis temblorosas piernas. 

El camarero de ojos ámbar decidió empezar besándome el cuello mientras con las manos bajaba los finos tirantes del vestido hasta liberar mis doloridos pechos, sentí tal alivio que empecé a gemir, un sonido tan antiguo como cargado de un inmenso placer.

Me sentí como una diosa mientras mis súbditos se daban un festín con mi cuerpo.  

El bailarín siguió lamiendo mis muslos, hasta que con los dientes apartó la transparente tela y empezó a lamer el punto cadente de mi cuerpo, eran unos lamidos prohibidos, era imposible que sintiese esa descarga eléctrica tan subida de nivel, debería ser ilegal. Introdujo la lengua en mi interior mientras con la mano acariciaba los muslos del camarero. 

Decidí unirme a ese baile. Agarré el prominente miembro de mi camarero mientras el me chupaba los pezones. Jadeaba puesto que estaba a punto de sufrir el orgasmo más erótico de toda mi vida.

Le acariciaba la polla, estaba tan dura, que apenas cambiaba en mis manos, no quería excluir al bailarín, por lo que agarré la suya también, Dios, casi podía sufrir un orgasmo sólo por tocarlos.

Estábamos tan sumidos en ese trance, en ese tango, que cuando llegamos a la cima los tres, nuestros gritos fueron acallados por el resto de los presentes que aplaudían al finalizar el espectáculo, parpadeé varias veces y me di cuenta de que aún estaba al lado de la entrada, con la copa de champán en mi mano, y con el espectáculo ya acabado y toda la gente aplaudiendo. Volví a parpadear, y miré la copa, tenía unas burbujas casi rojas que se evaporaban a la superficie.

–Excusez-moi mademoiselle.

Me giré y vi al camarero de color ámbar mirándome con una sonrisa extraña, me aparté y el siguió su camino, pero antes de meterse en el bullicio de gente, me guiñó un ojo.

¿Qué había pasado?

2 comentarios en “Serendipia

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