Efímero

Las mil y una noches se quedaban cortas con la noche que tuve, sólo de recordarla todo mi vello corporal alcanza alturas inimaginables, todo mi cuerpo siente la fuerza de mil relámpagos de una lluvia tropical, el sudor corre por cada hueco de mi cuerpo, caliente, quemándome aún más, como la lava de un volcán. Sí, las mil y una noches no tiene ni comparación.

Vagaba perdida por las calles de las que todo el mundo hablaba, esas calles en las que el color y el olor te guiaban, era sólo una marioneta junto a otras personas. Había decidido ir ahí por una recomendación, al principio no me llamaba nada la atención, pero una vez que pise las arábicas calles, me quede petrificada, no eran bonitas, ni limpias, pero eran únicas, tanto color, tanto olor a pieles curtidas me revolvían el estómago, era un submundo dentro de la aburrida realidad. Me enamoré perdidamente.

Decidí experimentar todas las emociones a flor de piel, no quería que se me escapara nada, andaba borracha de esa sensación, no quería despertar. Me metía a un Hammam, me cubrieron el cuerpo de miel, el cual al poco tiempo empezó a picarme, me echaron litros y litros de agua, ahí medio desnuda me sentí libre, sin ataduras y sin nada. Por lo visto era algo que tenías que experimentar si vas a Marruecos, eso sí, era caro.

Cuando terminaron con aquel ritual de lavarme, me dieron su té y me dijeron:

-Espera, ahora te haremos el masaje y ya estaría.

Yo asentí, me acomodé en esos sillones de colores y saboreé tranquilamente mi té hasta que la vi, abrió las cortinas de la sala de masajes y me invitó en un perfecto francés a entrar. Al principio no sentí nada, era como si mi cuerpo dejara de funcionar, el té me quemaba los dedos, pero yo lo apreté con más fuerza, ella sonrió, llevaba una bata azul y tenía la cabeza cubierta, pero eso me daba igual, lo que despertó en mi era de otro mundo, sentí que mis piernas flaqueaban pese a que estaba sentada. No quise hacerla esperar por más tiempo, puse el vaso de té en su sitio y me levanté y me dirigí hacía ella.

La sala olía a incienso, casi me mareo, pero era un mareo agradable, me quité el albornoz y ella sonrió al verme expuesta ante ella.

Me tumbé y me dejé llevar por el incienso, ese olor tan ancestral. Me cubrió con una toalla y me echó aceite de argán, y empezó a masajear mis pies, puf, sentí una sacudida que pensé que me caía, su roce envió oleadas de calor a mi volcán que ya estaba más que despierto, esperaba que esas bragas que me dieron pudieran tapar el líquido que estaba soltando. Respiraba con dificultad.

Empezó a masajearme los pies y tragué saliva, creo que eran las manos más suaves que me habían tocado en mi vida, cada movimiento era como una sobredosis para mi corazón, mi sangre circulaba a todo gas, y ella parecía que no lo percibía.

Levantó una parte de la toalla para dejar al descubierto una parte de mi cuerpo, pero sobre todo la pierna. No sé si era la derecha o la izquierda, pero me sentía expuesta, vulnerable ante su mirada y sus toques que me ponían la piel de gallina.

El sonido de la música zen, típica que ponen en todos los sitios era mi única ancla para no perder la cordura del todo, ella empezó a masajearme la pierna hasta llegar a ese punto crítico. Pegué un respingo.

-Está usted bien?

¿Qué si estaba bien? vamos chica, me estaba poniendo cachonda perdida, obviamente eso no fue lo que le contesté.

-Si, disculpa, es que tengo cierta molestia en la pierna, ayer me choqué con la mesa y creo que tengo un moratón.

-Vaya, siento haberle hecho daño, pero conozco una técnica para este tipo de casos que podrá aliviarte.

Yo también lo sentía por tener pensamientos sucios, pero es que no me lo ponía fácil.

De repente al ver que no decía nada, se tomó mi silencio como un sí y empezó a poner en práctica esa técnica. Tocó toda la pierna apretando y preguntando si era allí donde me dolía, y yo sin saber que decir, ya que todo era una mentira.

Suspiré y dije que no, ella siguió, estaba decidida en encontrar ese punto y aliviarlo, siguió subiendo su mano de algodón, y de repente pego otro respingo, estaba presionando mi ingle, madre mía, esa chica jugaba con fuego.

-Veo que es aquí.

Sólo pude decir que sí, para que me voy a engañar si me gustaba que me tocase, aunque no donde yo quería, pero casi.

Empezó a masajear esa zona, echó más aceite de esos y sentí como la fiebre me subía por todo el cuerpo, trazaba círculos y me extendía la pierna y apretaba más, esta vez pude sentir su mano rozando mi zona íntima, solté todo el aire que tenía en el pulmón, no me había dado cuenta de que no respiraba.

Ella seguía, metía la mano más hacía dentro, me estaba torturando, y la música porno esa que sonaba no ayudaba, sino que me ponía a mil, como siguiera así notaría mis ganas por ella, y no quería que me echaran del país por haber acosado una masajista. 

No paraba, esta vez temblaba, creo que le dejó de importar mi dolor inexistente, al parecer seguía explorando aquello que tanto anhelaba yo, no proteste, y entonces me dice:

-Dese la vuelta, creo que tendré mayor acceso al moratón estando usted boca arriba.

Me puse roja como un tomate, menos mal que aquella estancia estaba a oscuras que sino… . Me di la vuelta rápidamente y de repente veo que vuelve a retomar su tarea, que era la de hacerme sufrir.

Me abrió la pierna despacio, dejando a la vista un trozo de mi pobre órgano, esa braga no tapaba nada, decidí cerrar los ojos y dejarme llevar, y sin esperarlo, me tocó el punto ardiente, abrí los ojos de golpe y la mire, ella estaba concentrada en su tarea, respiraba con dificultad lo podía ver, quise tirar de ella para que se tumbara sobre mí, pero estaba demasiado a gusto. Empezó a frotarlo con maestría y rapidez, usando el chorreante líquido entremezclado con el aceite, madre mía, estaba jadeando, como siguiera así iba a tener un orgasmo.

Siguió frotando, trazando círculos a la vez que me introducía sus suaves dedos dentro de mí, gemí, esa chica sabía lo que hacía, me penetró suave, pero con determinación, sin dejar de acariciar mi clítoris latente. De repente, veo que se empieza bajar el pantalón del uniforme, sin dejar de acariciarme, después cambio de mano y se estaba quitando la parte de arriba, en cuestión de segundos se montó sobre mí y pude sentir que ella también estaba cachonda, gimió tan sonoro que estaba segura de que nos habían oído.

Cuando ambas zonas se encontraron, sentí que veía fuegos artificiales, esa sensación era increíble, peor que los porros que me fumaba de vez en cuando. Le agarré los pechos, eran grandes, se los acaricié, y entonces ella empezó a frotarse contra mi clítoris, una y otra vez, ambas gemíamos, veía sudor correr por su cuerpo, estaba tan sexy, madre mía, estaba en el quinto cielo.

La agarré por la cintura obligándola a que se moviera más despacio, quería deleitarme con esa sensación, clítoris contra clítoris, pero ella simplemente me cogió de las manos y me las sujetó, tenía carácter, y aumentó la velocidad.

Sentía que estaba a punto de llegar, estaba a punto de tener el orgasmo más erótico de mi vida, cuando de repente un sonido incesante y perturbador hizo que abriera los ojos de golpe, estaba tendida sobre mi cama, en mi habitación, con una panorámica increíble de la ciudad de New York.

Estaba sudando y jadeando, menudo sueño.

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