Iridiscencia

Llovía. Mi café estaba frío, y eso que lo había pedido lo suficientemente caliente para que disimulara la imparable subida de fiebre que me provocaba verle. Sentado en la otra esquina del viejo y anticuado sitio, con sus gafas de pasta, me recordaba mucho a un romántico escéptico, puesto hasta arriba de cannabis, que buscaba la inspiración.

Así era, lejano, pero sorprendentemente cerca, de vez en cuando levantaba la vista de su libro y me miraba con inocencia, como si no sospechara nada de esa tensión que estaba más que evidente, yo me agobiaba.

Pedí otro café con leche, esta vez fui y hablé personalmente con el camarero para decirle que quería el café caliente, este asintió y se puso en marcha. Yo me senté en la barra, con mi falda de cuero roja, con mi boina color burdeos, y mis botas negras que me llegaban hasta la rodilla, un suéter que tapaba mi cuello larguirucho, blanco como el humo que emitía la cafetera. Esa pose, me recordaba a una chica francesa de los años 80 quizás, no sé, la cosa es que estaba muy a gusto, intentando llamar su atención como fuera. Pero nada, él seguía sumergido en su mundo.

La estaba mirando, era preciosa, era como Madame Bovary, ese aire aristocrático pero independiente, toda segura de sí misma. Podría pasar perfectamente por una chica de las que pintaba Picasso, ininteligible pero inmortal, era puro arte, sentada ahí esperando su café con leche, espero que no se haya dado cuenta del rubor que me subía, ojalá pudiese acercarme a ella, respirar ese olor a lavanda que era como mi propia dosis de heroína, ella pensaba que no la había visto pero sí, sentía el olor que desprendía su cuerpo nada más entrar en esta maldita cafetería. Venía todos los viernes, a la misma hora para verla, ver esas piernas que tiritaban por el lluvioso tiempo, ver esas boinas que cada día eran de un color distinto, ver esos labios casi morados, era evidente que tenía frío, pero aún así venía con sus faldas de cuero, y sus suéteres que tapaban su cuello de porcelana. Podría pintarla día y noche y no me cansaría, era demasiado sexy, no, no, sexy no, sensual, joder eso es, sensual, erótica, pura taquicardia, pura adrenalina que se veía reflejada en mi pantalón.

Tenía que tocarlo, aunque fuese una vez, sólo quería tocarle, sentir como calma cada nervio de mi cuerpo, necesitaba ese subidón, no me drogaba, pero solo por sentirle a él lo haría.

Ya me dieron mi café, estaba caliente, por fin, iba camino al rincón de siempre, cuando decidí acercarme a él, estaba leyendo no sé qué libro, así que apenas notó mi presencia. Tosí a modo de interrupción.

-Em, hola.

Despacio, como si fuese a cámara lenta, levantó la vista y la clavó en mí, prohibiéndome moverme.

-Hola, debes de ser la chica del café con leche.

Casi tiro el café al suelo, no sé si era una indirecta o simplemente era una forma de saludar bastante peculiar.

Me aclaré la garganta y dije:

-Sí, em, la chica del café con leche, y tú eres el friki de las gafas de pasta.

Me sonrío, Dios, sentía como mi cuerpo dio una sacudida a esa sonrisa, tuve que apoyar mi mano contra el sillón para no desplomarme delante suya.

-Ese mismo, quieres tomar asiento, ¿chica del café con leche?

Asentí, borracha de su voz, me hizo un hueco, pero era lo suficientemente pequeño para poder sentir el calor que transmitía su cuerpo.

– ¿Veo que vienes mucho por aquí, imagino que hacen el mejor café con leche no?

Me estaba hablando, pero es que era incapaz de prestarle atención, sólo pensaba en cómo sería sentir esos labios sobre los míos, dirigí mi mirada a ese pantalón, era bastante prominente, de nuevo el calor, me parecía asfixiante, estaba sudando, pero sobre todo en una zona de mi cuerpo, sentía esa cascada afrodisiaca que bajaba por mis muslos, que vergüenza, tengo que levantarme antes de que note nada.

-¿Sigues ahí?

Al ver que sólo le miraba, me puso una mano en el muslo desnudo y puf, estallé, vi mi propio espectáculo de fuegos artificiales. ¿No quitó la mano, la dejó ahí, quieta, sentía todo el calor entrar en mi cuerpo, ese era el éxtasis que experimentaba un drogadicto? porque no quería dejarlo de sentirla nunca.

Su respiración era bastante difícil, la veía bastante nerviosa, justo en ese momento empezó a sonar una canción que me gustaba bastante, era la canción más erótica tocada con saxofón que escuché en mi vida. No podía quitar la mano de su muslo, decidí dejarme llevar, subí la mano despacio sin despegarla de su cuerpo, sin dejar que pasara el aire siquiera, ella cada vez respiraba con más dificultad, no paré, la música se intensificó, y yo seguía subiendo la mano, despacio levante la falda, pero discretamente, no quería llamar la atención de lo que estaba a punto de hacer.

Ella se mordió el labio, DIOS, sentí un latigazo en mi pantalón, sentí tanta opresión, esta noche seguro que me acabo tocando, pensando en lo que estoy a punto de hacer. Seguí subiendo y paré en seco, noté un líquido antes de llegar a mi destino, este cubría toda la parte interior de sus muslos, decidí empaparme con él, deleitarme antes de llegar al latente volcán.

Sentí un pequeño gemido que salieron de sus labios, eran voluptuosos, sólo de imaginarlos alrededor de mi polla, hacía que temblara, menuda mujer, con su cara virginal, llena de inocencia, si el mundo supiera lo diabla que era, la perversión que escondían sus muslos, no la verían igual.

Empecé a masajear su punto candente, y ella abrió la boca emitiendo una bola de aire lo suficientemente caliente para teñir el cristal de invisibilidad. Jadeaba, me pedía más, y así hice, metí un dedo y pensé que se iba a desmallar, era tan sexy, no quería parar, quería que llegara al clímax, quería ver su cara de felicidad cuando alcance ese estado eufórico. La penetré una y otra vez con mis manos, estaban cubiertas de ese líquido efímero, podía oler y saborearlo en el aire. Ella clavó su mirada en mí, sabía que estaba a punto de sentirlo, así que la miré fijamente, quería disfrutarlo con ella, vi fuego en sus ojos, el volcán a punto de estallar, aceleré mi fricción contra ella hasta que lo vi, vi ese atemporal momento, vi como gemía, vi como cerraba los ojos y se dejaba llevar, era lo más bonito del mundo, era poesía, pura endorfina que circulaba por mis venas.

Entonces, sonrió, satisfecha y se levantó, se arregló la falda, cogió su café con leche y se fue hacía la esquina de siempre. Yo mirándola embobado, vi su sonrisa y después un chico entró y le dio un beso y se sentó a su lado. Su novio.

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